El balón

septiembre 26, 2011 en Blog de LovingFutbol

Hay fotos de tiempos pretéritos que muestran hechos inusuales que serían tomados en la actualidad como una frivolidad, pelotacuando no, directamente, como una extravagancia. Jugadores luciendo pantalones con bolsillos y fotografiándose con las manos dentro de ellos, en plan “aquí estoy yo porque he venido”. Alineaciones en la que la delantera se fotografía sentada en el suelo como si fueran a jugar a tabas. Fotos de los equipiers mirando con cara, entre sorprendida y divertida, mientras mantienen un cigarrillo en su mano, sin la menor señal de culpabilidad en su rostro. Jugadores con un largo pañuelo blanco enganchado en su calzón como si de reflejos futbolísticos del gran Louis Armstrong se tratara. Un jugador con boina avanzando por el centro del campo, mientras un rival, con una venda “a lo Gerónimo” en la frente, le corta el paso.

En este último caso, siempre me pregunté el por qué de tan pintorescos tocados. Visto desde la perspectiva de finales del siglo XX, aquello parecía más una broma que otra cosa. Pero no era así. Más allá de modas pasajeras (se me ocurre la afición de los jugadores a ponerse una tira adhesiva en la nariz para aumentar el rendimiento respiratorio, moda que apareció tras el mundial de Estados Unidos en 1994 y que desapareció antes de que el siguiente mundial tuviera lugar) la boina y la venda en la frente tenían un origen común. Un enemigo público: el balón.

equipo futbolLos primeros balones tenían una costura asesina. No necesitaban más justificación que ésta aquellos pioneros del foot-ball, para proteger su cabeza del ataque impío de la costura de cuero cerrándose sobre el pellejo henchido de aire. Un balón, el de aquellos tiempos, que tras empaparse de humedad en los días de lluvia, se convertía en un peso muerto digno de hercúleos deportistas para ser desplazado por el terreno de juego. Así fue durante muchísmo tiempo. El balón era un enemigo en los días fríos, pues su impacto en el rostro dolía como la muerte. Pero no hay mal que cien años dure, y el balón dejó a un lado el cuero sin tratar, las tiras que se engarzaban unas con otras y la costura y dio paso al cuero rectificado, los pentágonos, los exágonos, el blanco y el negro.

Este modelo tuvo larga vida. Aún se considera, tradicionalmente, como el modelo clásico de balón de fútbol. No por su soso cromatismo, sino por su desarrollo geométrico de polígonos regulares de cinco y seis lados. El esférico no lo es realmente. Los modelos primitivos, e incluso el clásico antes mencionado, no llegaban más allá del 85 % de esfericidad, por lo que la industria puso a trabajar a sus creativos para ofrecer a los futbolistas un esférico que en verdad lo fuera. Así con el Mundial de Japón y Corea apareció un modelo que elevaba al 92 % la esfericidad, marca batida en el mundial de Alemania con el último modelo de balón, con una esfericidad del 98%. Más allá de la legítima aspiración tecnológica de ofrecer un balón “obediente” en base a su esfericidad,  yo veo una metáfora sobre la decadencia del juego. Los balones duros, pesados y con costura no permitían el engaño al espectador. Un desplazamiento de cuarenta metros con aquellos balones era puro músculo, pura mecánica hecha fútbol ante nuestros ojos. Un pase medido, un lanzamiento a la escuadra, una parada con la mano desnuda, eran lo más parecido a una verdad que ninguno había visto nunca. Incluso el modelo clásico respetaba al espectador, o al menos no lo subestimaba. Pero todo esto se ha esfumado en el fútbol actual. Los balones escupen el agua como un Karpin cualquiera. Toman caminos insospechados tras ser golpeados por jugadores de técnica mediocre. Incluso puede ser que entren en el marco, en un lanzamiento lejano, tras rebotar en tres defensas, a pesar de que la fuerza imprimida en el chut no lograra desplazar un balón antiguo a más de cuatro metros. Dicen que así el fútbol es más espectacular, quizá estén en lo cierto, pero seguro que es más falso. Menos real. Con una virtualidad digna de los tiempos devaluados que estamos viviendo.

pelota modernaCuando pienso en el balón, siempre huyo a mi Mestalla mental, donde el esférico esperaba en el centro del campo, sobre el punto blanco de cal, durante los descansos a que saltara al campo para chutarlo. Y me acuerdo de la locura desatada por Kempes y Diarte lanzando balones a la grada, como regalo, en los desplazamientos, como si intentaran ganar a los aficionados contrarios para la causa valencianista. Pero aquella presencia amigable del balón ya es historia. Los nuevos fichajes suelen  de forma habitual lanzar a los aficionados algún balón en su presentación, un papel de comparsa digno de su esplendor perdido. Ahora son de colorines, los cambian a mitad de temporada. Los hay naranjas por si nieva, de diseño y color diferente según el patrocinador de la liga en la que estemos. Utilizado como soporte comercial. Vendido al mejor postor. Eso sí, el linaje del esférico ha tomado carta de nobleza con su ascenso al olimpo de la comunicación. El logotipo de la UEFA Champions League es la versión consolidada e icónica del balón impostor.

Francisco García