
El articulo es de Ruben UrÃa, y creo que vale la pena.
LA FARFALLA GRANA
El corazón de TurÃn se hizo añicos un 4 de mayo de 1949. A las 17:05 el vuelo Fiat G212 se estrellaba contra la muralla de un terraplén posterior a la BasÃlica de Superga. En el interior del aparato, en mitad de un amasijo de hierros, aparecieron muertos los integrantes del Torino, segando las vidas de Valentino Mazzola, Menti, Rigamonti, Bacigalupo, Franco Osola o los hermanos Ballarin, tras un amistoso con el Benfica en Lisboa. La tragedia de Superga desgarró el “cuore” de un millón de italianos, que se dieron cita en la plaza de TurÃn para dar el último adiós a los que habÃan sido sus héroes. Aquella desgracia habÃa fulminado la meteórica carrera del ‘Toro’, que jugaba en el histórico Filadelfia y que era un equipo casi invencible que arrasaba en Italia, donde habÃa conquistado cinco campeonatos de forma consecutiva. La densa niebla que envolvÃa TurÃn fue, a falta de una mejor explicación, la causante de la tragedia. DÃas después del accidente, la opinión pública conoció el nombre del comandante de aquel vuelo maldito. Su apellido era Meroni. Su nombre, Luigi.
Ajeno a esa fatalidad, un mozalbete flacucho de seis años, jugaba a emular a los héroes fallecidos del Torino en el patio trasero de su casa. Era el menor de tres hermanos y se habÃa quedado huérfano de padre, por lo que sólo contaba con la protección de una madre coraje. Peleado con los estudios y enamorado del calcio, el pequeño Gigi soñaba ser un gran futbolista mientras regateaba a sus amigos por los suburbios de Como. Tutelado por sus hermanos, Gigi aún no acertaba a comprender el motivo por el que todos palidecÃan cuando decÃa en voz alta su apellido. Aún no tenÃa edad suficiente para comprender que su Torino del alma tenÃa mucho que ver cuando algún desconocido se quedaba de piedra al conocer el apellido de su difunto padre. Gigi sentÃa cómo a todos, mayores y no tan mayores, les recorrÃa un sudor frÃo por la cara cuando él, orgulloso, gritaba a los cuatro vientos que su apellido era…Meroni. De mayor, querÃa ser futbolista. Y jugar en el Torino. Su sueño se harÃa realidad después de un par de años en el Como – en la serie B- y otro par de campañas en el Genoa.
Meroni destacaba por ser un futbolista eléctrico, un junco endiablado que lejos de romperse, se balanceaba una y otra vez sobre el flanco siniestro del enemigo, para sembrar el pánico en el área rival. Anárquico, jovial y orfebre del regate, Meroni empezó a ganarse los primeros titulares de la prensa local, hasta convertirse en uno de los reclamos más deseados por los gigantes del fútbol italiano. Su sueño culminó cuando recibió la llamada de Nereo Rocco, uno de los entrenadores más duros de la historia del calcio. TenÃa 19 años cuando debutó como extremo del Torino, su Torino del alma, y quizá en su debut alguien recordó que el piloto del avión de Superga se apellidaba también Meroni, aunque no existÃa parentesco alguno con la familia del piloto. Pero aquel guiño del destino, aquella paradoja caprichosa, creó un caldo de cultivo en la conciencia de Gigi. Si un Meroni habÃa sido capaz de hacer añicos el corazón de su equipo, nada mejor que otro Meroni para recomponer toda esa gloria que ya era más celestial que terrenal. Sin que nadie se lo reclamara, Gigi quiso soportar el peso de una corona de espinas que, por caprichos de la historia, habÃa ligado su apellido a una maldición.
LÃder por convicción y también por necesidad, feliz en el ojo del huracán y con toda la presión sobre sus hombros, Meroni se convirtió en un sÃmbolo para los aficionados del Torino, que decidieron bautizarle como “farfalla granna” (mariposa grana), por la capacidad estratosférica que atesoraba para desplegar sus alas y enhebrar un vuelo rasante por la lÃnea de cal. Meroni era capaz de la fácil, la difÃcil y la imposible. Un ilustre rival, el legendario portero de la Juventus, Dino Zoff, grabarÃa para siempre una de esas ocasiones en las que Meroni desparramaba, humillaba y quebraba a todo bicho viviente. Zoff, portero regateado por Meroni en un derbi hasta en tres ocasiones, reconocÃa en Gigi algo diferente a los demás: “Primero te regateaba varias veces, pero luego, cuando la jugada habÃa acabado, se paraba para consolarte por lo que te habÃa hecho”. Meroni era un ángel exterminador del gol, pero también una suerte de pastor de almas atormentadas y humilladas. Controvertido, genial, irreverente y excéntrico, Meroni regalaba los ojos de cualquiera que se acercara a ver los partidos del ‘Toro’. Cuando corrÃa, sus piernas emanaban la magia de Mané Garrincha, la alegrÃa del pueblo. Cuando frenaba después de una carrera vertiginosa, recordaba a la marca de la casa propia de Gento, La Galerna del Cantábrico.
Fuera de su romance con la lÃnea de cal, vivió amancebado con Cristina Uderstadt, una polaca que trabajaba en el Luna Park y que hizo aflorar el lado más provocador de Meroni. De la mano de Cristina, una chica comprometida su tiempo y con el cambio social, Gigi alteró su imagen y también su discurso. Su vida, desde entonces, serÃa mucho más que ser un futbolista de éxito. Tras pasar una temporada con aquella polaca, se presentó en sociedad con una espesa barba en honor de Fidel Castro y Ernesto ‘Che’ Guevara, algo que fue censurado por el sector conservador italiano. Su pasión por el jazz, por los coches de carreras, por los mensajes de la música de Los Beattles y sobre todo, su inquietud polÃtica, le convirtieron en una referencia social, en algo mucho más trascendente que un grandioso futbolista. Meroni era El MesÃas para los seguidores del Torino y el anticristo para el resto de Italia. Medio paÃs le adoraba y el otro medio le detestaba. Sus coches último modelo suscitaban envidias, sus declaraciones altisonantes chocaban con la cultura histórica italiana y sus gustos musicales llegaron a ser tachados de obscenos. El peso de las crÃticas, lejos de arredrarle, aumentó su capacidad para la excentricidad. Prueba irrefutable fue un paseo dominical por el casco viejo de TurÃn, con una gallina como compañera de fatigas. Las fotos de Meroni tirando de la correa del animal dieron la vuelta al mundo y provocaron un escándalo mayúsculo en Italia. Tanto, que aquella corona de espinas que Meroni se obligó a llevar empezó a resultar demasiado pesada.
Sobre todo cuando La Gazzeta dello Sport, en una virulenta campaña, arremetió contra él y le responsabilizó de la debacle italiana en el Mundial de Inglaterra, en 1966.
Otro episodio escandaloso acaeció cuando Meroni tuvo la ocurrencia de dejar plantada a su novia polaca, Cristina. De Gigi se sabÃa que era capaz de driblar a cualquiera en un campo de fútbol, pero nadie esperaba que Meroni regateara a la Iglesia del modo que lo hizo. VivÃa con Cristina, sÃ, pero él no estaba hecho para atarse a nadie, y mucho menos para toda la vida. Quizá por aquel motivo decidió ahorrarse el sermón del ‘hasta que la muerte os separe’. Agobiado por las presiones familiares de su novia, Meroni puso fecha a la boda, pero no hizo acto de presencia. Aquel desplante hizo las delicias de los quiosqueros de TurÃn. El papel se agotó en 24 horas. Jamás un regate futbolÃstico de Gigi habÃa vendido tantos periódicos como aquel quiebro al altar. Lo hizo sin más. Sin pensar. Sin mala uva. Desde ese desdén caracterÃstico del ramo de los artistas. Asà era la rosa. Asà era el cardo. Asà era Meroni.
Atizado por la prensa pero idolatrado por la grada del “Toro”, Meroni aumentaba su leyenda, convirtiendo su vida en un tobogán sazonado de escándalos mayúsculos y regates imposibles. Bajo ese aire rebelde, bajo ese bigote zapatista, bajo esa melena beateliana, bajo esas greñas de suburbio, se alzaba el futbolista más famoso de Italia. El más temido y el más admirado; el más odiado y el más amado; el más rebelde y el más carismático. Héroe o villano, Italia entendÃa que aquel Garrincha italiano era mucho más que un simple jugador de fútbol. Fue pionero en traspasar la barrera social del fútbol, hasta convertirse en una suerte de icono pop, de leyenda urbana, de mito viviente, de rebelde, con o sin causa. Los fans querÃan tocar a Gigi, comprobar que era de carne y hueso, saber si era castrista o no, poder mirarle a sus vivarachos ojos y comprender qué tenÃa Meroni que no tenÃan los demás. Los tifosi del Torino estaban abducidos por un profeta que vestÃa de granate y lucÃa el siete a la espalda.
Uno de sus seguidores, Atillio, habÃa disfrutado viendo cómo su Torino habÃa dado buena cuenta de la Sampdoria de Génova por 4-2 en el Comunale, y salÃa del estadio feliz y dichoso por la victoria grana. Aquella tarde la ‘farfalla granna’ habÃa volado con las alas bien desplegadas. Era una gran noche y habÃa que celebrarlo. No en vano, el joven Atilio sentÃa por Meroni “tanto amor como por mis padres’. Atillio arrancó su coche y giró en la calle Re Humberto. En aquel instante, Gigi Meroni cruzó sin mirar. Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. Atilio no tuvo tiempo de frenar y Gigi, maestro del quiebro, no pudo esquivar a la muerte. La tragedia volvÃa a sacudir al ‘Toro’: Gigi Meroni habÃa sido atropellado por un aficionado del Toro que acababa de sacarse el carnet de conducir.
Tres horas después del atropello y tras una intensa agonÃa en la cama del hospital de La Molinette, Gigi Meroni perdÃa la vida. El cuerpo sin vida de la “farfalla” fue expuesto en el centro del estadio, para permitir que sus incondicionales le dieran el último adiós. A su funeral acudieron miles de hinchas con lágrimas en los ojos. Era el último vuelo de la ‘farfalla granna’. Francesco Ferraudo, presidente del club, dejó para la posteridad el epitafio de Meroni: “Gigi no era carne, nervio y músculo. Era genialidad, comprensión, coraje y altruismo”. Atilio, el joven hincha que habÃa atropellado a Meroni, estuvo hundido y pasó años al borde de la depresión. HabÃa roto el corazón del Torino y habÃa destrozado dos vidas: La de Meroni y la suya. Hijo de una familia acomodada de médicos, el joven se enfrentó a un infierno emocional con sólo dieciocho años recién cumplidos.
Después de un tratamiento psicológico intensivo y gracias al cariño y la comprensión de muchos aficionados del Toro, aquel chico superó la muerte de Meroni, aquel futbolista al que “amaba por encima de todas las cosas, tanto como a su padre y su madre”. Pasó varios años trabajando en la sombra como empleado de una fábrica de la Fiat, venció su trauma poco a poco y animado por algunos amigos, decidió volver a interesarse por el fútbol. Y cuando pasaron 34 años de la trágica muerte de “La Farfalla”, llegó el guiño definitivo del destino en la historia del calcio: El hombre que atropelló a Meroni fue elegido, caprichos del destino, presidente del Torino.
Rubén UrÃa / Eurosport