Cuando un deporte colectivo intenta premiar al mejor solista, el debate se vuelve infinito. ¿Qué premia realmente la FIFA? De alguna forma se premia a sí misma, alimentando el circo con una oscarizada gala que otorga al fútbol portadas planetarias y alimenta las discusiones. Frente a la crítica o la percepción popular, tras apadrinar el Balón de Oro de France Football, es la FIFA quien ahora se autoconcede la prerrogativa de decidir sobre el mejor y para ello se apoya en una votación tan democrática que tanto pesa el voto del seleccionador brasileño como el de Malasia.
Entre tantos atajos posibles para descifrar el Balón de Oro, Sudáfrica 2010 hubiera sido el mejor termómetro. No solo porque se trate del mejor escaparate del fútbol, sino porque resulta sintomático con los tres finalistas de ayer. Messi ha triunfado junto a Xavi e Iniesta, no sin ellos en África; los dos españoles llegaron al podio sin el argentino. Ellos, tanto Xavi como Iniesta, no solo simbolizan -como Messi- un ideario que ha embellecido este juego, sino que representan a la selección que ha logrado de forma consecutiva los dos últimos grandes títulos. Pero resulta curioso comprobar que desde que en 1995 el premio se abriera a jugadores no europeos, en año de Mundial siempre había ganado un campeón: Zidane (1998), Ronaldo (2002) y Cannavaro (2006). Quizá haya que preguntarse por qué España pierde todas las votaciones deportivas globales: los Juegos de 2016, el Mundial de 2018, el Balón de Oro 2010…
Un merecido premio para Messi, una inmerecida indiferencia para el fútbol español, un día inolvidable para el Barça.
José Samano (El País) “España no pesa en las urnas”