Había llegado el momento de hablar con su entrenador. Después de mucho tiempo guardándolo dentro, necesitaba soltarlo, y nada mejor para ello que pedirle explicaciones.
Se consideraba un tipo recto, de los que miran de frente y gusta de hablar claro. Y ese día se sentía con la certeza y motivación que desde hacía tiempo le habían faltado.
Llegó al entrenamiento cabizbajo, se cambió de ropa repasando mentalmente lo que quería sacar de su interior, y salió hasta el campo de entrenamiento. Allí estaba el mister. Lo encaró, y aunque por un momento aminoró su marcha dejando un resquicio a la duda, enseguida aceleró el paso y borró todo vestigio de arrepentimiento de su mente.
Una vez ante él, le espetó: “Vengo a pedirle explicaciones”. El entrenador un tanto azorado por la frase le contestó: “¿Cómo dices?”. Entonces comenzó a salir por su boca todo el malestar que desde hacía tiempo lo tenía contrariado: “Usted sabe mejor que nadie que soy medio tronco jugando, que me falta seguridad en el pase, que carezco de coordinación cuando tiro a portería, y que pese a mi envergadura, siempre me ganan por arriba. Dejemos de hacer el papelón. Necesito de una vez por todas que me explique por qué me pone de titular cada partido”.
Efectivamente, estábamos hablando de amor.