Jugaba de nueve, le pegaba con las dos piernas, cabeceaba con elegancia y era frÃo a la hora de encarar al portero. Marcó muchos goles pero nunca los celebró. Cuando recibÃa la felicitación de sus compañeros, sus manos juntas hacÃan el clásico gesto de pedir perdón a la afición contraria.
Y es que el nueve era record en traspasos. La estadÃstica dice que pasó por más de veinticinco equipos, y siempre como goleador.
Sus colegas del gol celebraban corriendo al córner pateando el banderÃn, sacaban chupetes de los bolsillos, mostraban tatuajes de madres en el pecho, hacÃan el gesto del embarazo, o se quitaban la camiseta para ser amonestados. Pero este nueve nunca se ganó una tarjeta amarilla por una celebración desmesurada.
Su ritual era siempre el mismo: marcaba, juntaba sus manos, agachaba la cabeza, y pedÃa a sus compañeros que lo dejaran cumplir con el duelo de haber anotado contra un ex equipo.
Para colmo, nunca marcó cuando se enfrentó a alguno de los pocos equipos desconocidos para su corazón. Una vez, al anotar el gol que significó un tÃtulo, fue tal su tristeza, que la propia hinchada guardó silencio en homenaje al dolor de su Ãdolo.
Al final, el nueve colgó las botas sin celebrar ni uno sólo de sus goles, y se convirtió en el delantero-centro más triste de la historia.
Ya no quedan románticos del fútbol como él.