Faltaban tres minutos para el final y todo parecÃa predestinado a los penaltis. Una final decidida desde el punto fatÃdico siempre genera una sensación de histeria contenida en los minutos finales del tiempo real. La tensión ambiental cortaba el aire del Estadio.
Probablemente iba a ser el último cartucho. Nuestro interior zurdo sacó la falta a pie cambiado desde el costado derecho. La rosca fue perfecta al punto de penalti. Allà fueron nuestros atacantes junto con sus defensores, y a ellos se sumó el portero, que trató de despejar de puños a sabiendas que llegaba tarde. De todo ese compendio de cabezas, codos, puños, y ojos cerrados, el balón quedó muerto a metro y medio de mÃ, franco para el disparo. Me habÃa quedado intuitivamente atrás, en el sitio oportuno, al borde del área grande, mientras todos siguieron la inercia interior del centro.
Le pegué con la derecha a romper, conforme botaba, poniendo el alma y algo más. Cuando levanté la mirada el balón entraba por la escuadra derecha, allà donde duermen las arañas. Ese gol me llevó al festejo, a las lágrimas, a las portadas, y a la fama mundial.
Cuando desperté todo seguÃa en su sitio, mis cartones, mi carrito, mi perro fiel, y todo lo que pude recaudar la noche anterior de la afición campeona. Y es que siempre tuve el don de estar en el lugar oportuno.