Conservaba en su mente de forma nÃtida su bautizo, su estreno, la primera vez que pisó el Estadio de su equipo. Lo guardaba en la sección de las emociones y recurrÃa a él como un mecanismo de defensa, como un estÃmulo mental, buscando la creación de endorfinas que le ayudasen a superar sus malas historias o sus momentos de bajón.
TendrÃa cinco años y la ansiedad crecÃa en su interior conforme ascendÃa escalón a escalón, cogido de la mano de su padre, por las entrañas del monstruo de cemento que lo separaba del vomitorio final. Una vez traspasado su umbral, pudo disfrutar por primera vez de la majestuosidad de lo que es un mÃtico terreno de juego. Y asà conoció de inmediato a lo qué olÃa el fútbol: a césped, a tabaco, a pipas, a gloria, a decepción, y también a compañerismo y traición.
Cuando alcanzó su butaca entonces de madera, pudo conocer la previa, el calentamiento de los equipos y las gradas poblándose de aficionados como él, cada uno con su historia, pero todos unidos en su santuario cada dos semanas, con unos colores y sentimientos idénticos que los convertÃan en auténticos hermanos de sangre.
No pudo evitar emocionarse cuando, segundos antes del pitido inicial, la grada comenzó a alentar a su equipo con una sola voz. Comenzó a comprender que aquello era mucho más que un juego entretenido. Se trataba de una manera de sentir, de una manera de vivir, de un camino sin retorno.
El árbitro pitó el comienzo del encuentro y entonces supo lo que era la felicidad.