HabÃa llegado el momento esperado. Eran las dos de la mañana, la hora exacta para iniciar la ejecución de su plan. Llevaba siete noches seguidas, siete madrugadas apostado dentro de su vehÃculo, espiando los tiempos del vigilante jurado y sus movimientos. SabÃa que a las dos en punto descansaba veinte minutos en la caseta habilitada para ello en la grada sur, junto a las taquillas del estadio, antes de comenzar de nuevo su ronda habitual a través del anillo interior que se formaba entre el propio graderÃo y la valla que lo separaba del mundo exterior. Eso le llevaba unos treinta minutos y por tanto habÃa llegado el momento de ponerse manos a la obra.
Se apeó de su coche con decisión, introdujo la cajita dentro de su pequeña mochila y, una vez asida a su espalda como un apéndice más de su cuerpo, cruzó la avenida en dirección al fondo norte del estadio.
Pese a que a sus 46 años mantenÃa la complexión atlética de sus tiempos de futbolista amateur –nunca fumó, cuidaba su alimentación, e iba a correr con sus amigos tres dÃas por semana-, le temblaba todo el cuerpo, no era su costumbre hacer las cosas por las bravas, con nocturnidad y alevosÃa. Pero se lo prometió y sólo eso importaba. Si todo salÃa mal alegarÃa una causa noble, esperando que el castigo fuese menor. Pensó que valÃa la pena intentarlo.
Después de comprobar que la calle continuaba desértica, se encaramó a la valla que daba acceso al recinto, y mediante un salto felino cayó dentro del mismo. Después alcanzó la grada norte y accedió al interior del estadio. La imagen del mismo vacÃo era desalentadora. Bajó por las escalinatas que llevaban hasta la parte trasera de la porterÃa y desde allà brincó por encima de las vallas publicitarias hasta alcanzar el terreno de juego.
Una vez sintió el césped como una alfombra bajo sus zapatillas, comenzó a correr en dirección al centro del campo, hacia el lugar dónde nace cada partido. Era una noche clara y pese a que el interior del estadio permanecÃa en penumbra, sabÃa con precisión la distancia que le restaba por recorrer. Llevaba treinta y cinco años acudiendo a ver a su equipo, incluso llegó a jugar en él muchos partidos cuando formaba parte de sus categorÃas inferiores.
Conforme avanzaba hasta su destino una emoción indescriptible se apoderó de toda su mente. Los recuerdos y sensaciones que percibÃa mientras avanzaba observando la parte alta de las gradas, no las olvidará jamás. Cuando alcanzó el punto central se paró, e intentó relajarse aspirando y expirando oxÃgeno lentamente, hasta que su corazón comenzó a calmarse. Fue entonces cuando aflojó los ajustes de su pequeña mochila adherida a su espalda, la separó de su cuerpo con mucho cuidado y la depositó sobre el césped.
Después se puso en pie y descubrió que su vista se habÃa acostumbrado a la penumbra. Su mente lo trasladó a un estadio a rebosar, a unas gradas repletas de hinchas, todos pendientes de él, recibiendo el calor incansable de los mismos, emitiendo un ruido ensordecedor. Comenzaron a corear juntos su nombre en el momento del adiós, igual que antes lo habÃan hecho con los grandes, con los históricos, con aquéllos que viven por siempre en la mente de la afición.
Era el momento de la despedida final, asà que se agachó, abrió la mochila y sacó la cajita, le quitó su tapadera hermética y la alzó con sus brazos al cielo. Como en un ritual comenzó a expandir las cenizas de su padre al viento, arriba y abajo, hasta que el recipiente quedó completamente vacÃo. Las mismas quedaron repartidas por la brisa a lo largo del cÃrculo central, el lugar dónde aquél habÃa jugado como organizador, siendo futbolista profesional allá por los años cincuenta.
Para su padre el futbol fue siempre su espacio natural, el lugar de dónde nunca quiso marcharse y dónde siempre quiso volver. Con ochenta y tres años se sintió futbolista hasta el mismo momento de su muerte, y su hijo lo sabÃa ya que asà lo aprendió desde pequeño, por ello le brindó su homenaje particular, porque sabÃa que siempre le estuvo agradecido al futbol, y que su vida fue la que él quiso que fuera, gracias al futbol.
Una vez concluida la ceremonia guardó la cajita en la mochila, la volvió a colgar en su espalda y regresó por el mismo camino por el que habÃa llegado. HabÃa cumplido su plan en los tiempos planeados.
Cuando volvió a pisar la calle, caminó lentamente hacia su coche con la serenidad del deber cumplido. Sus ojos brillaban intensamente de emoción, no sabÃa si sus hermanos entenderÃan lo que habÃa hecho, pero a él no le importaba. A partir de ese mismo instante, llevarÃa consigo el abrazo agradecido de su padre para siempre.