Heterodoxia del fútbol: el penalty de Panenka

agosto 26, 2010 en Blog de LovingFutbol

Fuerte, al centro, a media altura, como Neeskens. A un lado, ajustado a un poste, fuerte, sin que el portero tenga oportunidad de llegar antes que el balón. Por la escuadra; tiene riesgos pero será imparable. Fuerte y a quitar las telarañas. Así se marca un penalty. Es de dominio público que en la mayoría de los casos, si no en todos, un portero no para un penalty, sino que, de darse la improbable circunstancia de que no se convierta en gol, el error debe ser atribuido al lanzador del mismo. Estos principios de la ortodoxia futbolística pueden comprobarse partido a partido, jornada a jornada a lo largo y ancho de este planeta con forma de balón levemente apepinado. Al menos así fue durante 85 años, desde la invención de la suerte, puesta en práctica por vez primera en la temporada 1891-92, en un partido entre los Wolverhampton Wanderers y el Accrington, en el estadio Molineux, el 14 de septiembre de 1891, hasta el 20 de junio de 1976, en el Crvena Zvezda Stadium de Belgrado, en la antigua Yugoslavia de Tito.

Antonin Panenka dejó aquel día su nombre inscrito en todas las enciclopedias sobre fútbol con una acción que reunía, en altísimas dosis, ingredientes que cualquiera desearía que formaran parte de una aventura soñada: osadía, riesgo, reconocimiento, suspense… y éxito. La gran hazaña de Panenka fue un paseo por un cable tenso a cientos de metros del suelo. Caminó unos pocos metros en una carrera que a muchos les pareció eterna. Como un funambulista cruzando el Gran Cañón, él lo hizo, sin red, solo y con su bigote bien atusado. Su carrera, desde casi 9 metros, hacia el punto de penalty fue equivalente a una revolución, significó lo mismo. Eligió un momento único, quizá esta sea la parte más brillante de su decisión. Durante la final de la Eurocopa de 1976, celebrada en Yugoslavia, enfrentándose con su selección, la de Checoslovaquia, a los vigentes campeones de Europa (Bélgica 1972) y del mundo (Alemania 1974): la poderosísima República Federal de Alemania. Beckenbauer, Müller, Maier, Höeness… Panenka puso en marcha su plan. El partido se puso franco para los checos, 2-0. Los alemanes apretaron lo suyo y a escasos minutos del final del partido lograron igualar el encuentro 2-2. La prórroga no decidió nada y el partido se dirigió irremediablemente a los lanzamientos desde el punto fatídico. Los checos marcaron sus 4 primeros tiros, pero Höeness falló para Alemania, por lo que con un tanteo ventajoso de 4-3, Panenka (último lanzador de los checos) tenía en su mano la llave de la Eurocopa.

¿Qué hizo? Ejecutar su plan. Plantó el balón, tomó una carrera larga y engañó a medio mundo. Su lanzamiento no fue lo potente que su carrera parecía evidenciar, no. Fue un tiro suave, una media vaselina que dejó a Maier, el magnífico portero alemán, en el suelo, echado hacia su izquierda, viendo cruzar el balón mansamente la línea de gol. Genial. Dejó obsoletos de un plumazo todos los manuales sobre fútbol. Abrió una puerta por la que no han dejado de colarse forajidos, inventores, imitadores y genios. A partir de la gesta de Panenka vimos aparecer el penalty indirecto de Cruyff, el de media vuelta de Totti o el último y sorprendente, ejecutado con la pierna de apoyo por Ezequiel Calvente, en un partido frente a Italia de la selección española sub-19. Por todos estos momentos emocionantes y únicos, la figura de Panenka es una de las que han ganado un puesto destacado entre los heterodoxos del fútbol.

Francisco García