¿Don Alfredo no es del Valencia?
marzo 12, 2012 en Blog de LovingFutbol
Mi uso de razón estrenado hacía más de un año. La colección de cromos inacabada a falta del cromo de Iríbar. Mi padre en Barcelona y mi memoria incapaz de ubicar los recuerdos. Aunque siempre que esa desazón explota en mi interior abro un libro y veo la foto de Di Stéfano con sus dedos índices apuntando al cielo, la mirada inquisitiva y, en segundo plano, la presencia esperanzada del defensa Barrachina enfundado en un chándal blanco con cuello oscuro y tres rayas en las mangas. Crecí a la vida con memoria con las internadas de Valdez, el orgullo indisimulado de sentirme campeón, los adhesivos para el parabrisas del coche de la marca de balanzas “Capeli” y la sensación de que Di Stéfano era el Valencia. Muy lejos del actual rodillo mediático del madridismo y barcelonismo, muy lejos de la beatitud futbolística de Don Alfredo elevada a los alatares catódicos, y en el más allá de la despreciable manía de dar por sentado aquello que te gustaría creer en lugar de lo que en verdad es.
Con nombre de mafioso y al parecer, una personalidad arrolladora, Di Stéfano ofreció momentos grandiosos en la historia del Valencia CF. La liga 1970-71, la Recopa 79-80 y la vuelta a la primera división en la temporada 1986-87 certifican lo que, sin duda alguna, fue un positivo paso por el banquillo de Mestalla. Más allá de estos hitos, dos finales de Copa y haber convertido a Quique Sánchez Flores en valencianista deberían aparecer también en la columna de su haber.
Con la mirada inocente y bobalicona de mis diez años, Di Stéfano era para mí como el murciélago del escudo. Elemento inherente al club, incomprensible en su ausencia. Ignoraba totalmente su pasado futbolístico, aunque alguna vez se me dijera que fue un jugador genial. A mí me daba igual. Lo realmente genial era que nos había llevado a ganar la liga, que hacía chistes hablando en serio, y que le prohibió al entrañable utillero Españeta demostrar sus habilidades en el toque de pelota delante de los futbolistas, pues los desanimaba. Corrían los ochenta cuando caí en la cuenta que aquel hombre que yo consideré emblemático y campeón del valencianismo no dejaba de ser más que un profesional. Y encima, a pesar de que sus raíces familiares quedaron hundidas profundamente en la tierra de levante, su corazón era madridista. Me sorprendí un día, con una tarta al whiskey delante de mis narices, diciéndome a mí mismo: entonces ¿Don Alfredo no es del Valencia? Pues claro que no, chalado.
Si consideramos su vertiente profesional, debo admitir que Di Stéfano fue honrado y trabajó para el Valencia con empeño y hasta un casi inesperado amor. Brindemos por ello. Pero abrir los ojos a su verdadera naturaleza fue para mí decepcionante. Achaco mi reacción a la edad, la inmadurez y el acné. Estoy casi seguro que fue el acné. Y lo que más me duele de todo aquello no ocurrió entonces, sino que pasa ahora, en estos tiempos vacuos y galácticos. Hordas y legiones de gacetilleros alabando las virtudes de un Di Stéfano al que no vieron jugar, del que se conservan escasos documentos videográficos, casi todos ellos fragmentarios, que son desplegados como pruebas irrefutables de la legitimidad de un cetro compartido con Pelé, Cruyff y Maradona. Bien, lo dejaré estar. Ahora ya sé que “La saeta rubia” sólo visita Valencia porque tiene hijos y nietos en esta tierra (aquí lo sorprendió un infarto el día de nochebuena de 2005).
Desde la distancia parece un abuelete entrañable, algo cascarrabias, que presenta cierto estoicismo pragmático cuando debe ejercer su presidencia de honor madridista. No estoy seguro de haberlo superado, pero quizá exclamarlo a los cuatro vientos me sirva de terapia. NO HAY NADA COMPARABLE A ENVEJECER. Y no lo digo por él, lo digo por mí.
Francisco García


























