Es difícil ser imparcial cuando se habla de Maradona, sea uno argentino o no. Todo el mundo parece tener una opinión formada acerca de este muchas veces llamado “mejor jugador de fútbol de todos los tiempos” que a la vez tantas críticas ha recibido por sus decisiones dentro y fuera de la cancha. Hay mil anécdotas que contar, geniales, buenas o de esas que es preferible olvidar, como por ejemplo el doloroso 4-0 que dejó afuera a la Selección argentina del Mundial de Sudáfrica 2010, cuando todo el país tenía las expectativas y esperanzas puestas en el “10” como entrenador. ¿Qué más se podía pedir? Un equipazo y “Dios” moviendo los hilos. Pero la burbuja se pinchó rápido y la albiceleste volvió a casa, eso sí, con un gran recibimiento. Probablemente, que “el Pelusa” fuera el DT tuvo algo que ver.
Y es que Maradona para los argentinos es una de esas pasiones que no se pueden explicar. Los argentinos tenemos muchas: el mate, el dulce de leche, las charlas de café, el fútbol… y en el medio de todo, siempre Maradona. Mucha gente lo odia, lo detesta o siente vergüenza ajena por lo que se conoce de su vida personal. No le tienen respeto más allá del ámbito futbolístico. Y por el otro lado, al márgen de algunos neutrales difíciles de encontrar, están los fanáticos, fervientes admiradores de sus gambetas, de su zurda, agradecidos por las alegrías que le dio a un país entero. Estos últimos se olvidan del “lado oscuro” de Diego y le perdonan casi todo. Porque es obvio que si no hubiera sido él, si hubiera sido cualquier otro entrenador, por más hábil o carismático que fuera, no hubiera existido tanta aceptación y comprensión en el hecho de que Argentina casi se quede fuera del Mundial, que tuviera que arañar la clasificación. Pero entró, y con eso bastaba. Todavía existía el sueño.
No pudo. Al fin y al cabo, Diego Armando Maradona, el pibe de Villa Fiorito, es sólo un hombre. Un hombre que tomó decisiones correctas o incorrectas pero en las que creía, y que eligió rodearse de ciertas personas a las que no quiso dejar y por eso abandonó. “Espero que el que venga después de mí…” dejaba caer en la primera conferencia de prensa después de la caída ante los alemanes. Luego vinieron las críticas, despotricando contra todos: que si Bilardo era un traidor, que si Grondona es lo peor… lo de siempre. Pero para esta porteña que escribe, todo estaba decidido desde el momento en que Argentina se quedó afuera. Maradona nunca va a dejar de ser el ídolo que fue y que es, pero otra decepción de aquí a 4 años, mejor evitarla. Que venga Batista, Bianchi, cualquiera. Si no es de la mano del “10”, no será lo mismo, pero seremos campeones. Y él podrá felicitar al que lo logre y festejar dando vueltas desnudo alrededor del Obelisco como prometió. Y nosotros, como siempre, aunque los de afuera no nos comprendan, diremos “Qué grande es el Diego”.
Romy-LovingFútbol