¿Por qué vamos a un campo de fútbol?

mayo 21, 2012 in Blog de Lovingfutbol

No soy muy dado a darle demasiadas vueltas a las cosas, aunque a veces alguna idea diabólica se aposenta en mi cabeza y acabo emulando a sesudos filósofos de tertulia radiofónica barata. Era un partido contra el Athletic Club de Bilbao. Un lunes de esa época en la que Antena 3 emitía un partido con la jornada natural superada. Me costó Dios y ayuda superar el atasco en la pista de Ademuz para entrar en Valencia; tras recoger a mi padre, enfilamos con el coche hacia Mestalla, bajando la Avenida de Burjassot. El tráfico era arena movediza, aquello no iba ni para adelante, ni para atrás. El reloj, incansable, acercaba a nuestras penosas vidas urbanitas el momento en el que el árbitro haría sonar su silbato para señalar el inicio del juego. Faltaban escasos veinticinco minutos y estábamos aún en la calle Málaga. Miré a los ojos a mi padre, y le dije que nos bajáramos, que no había manera de llegar a tiempo en coche. Que el río nos conduciría hasta Mestalla, bordeándolo desde la Escuela de Idiomas hasta los Viveros. Dicho y hecho. Enfilando Micer Mascó, con la luz del campo desbordándose en la noche, pensé. ¡ya sé por qué somos aficionados al fútbol! Hay que tener mucha afición por algo, sea lo que sea, para hacer estos sacrificios. Después de un día completo de trabajo, más una hora y cuarto de atascos, rematábamos el día corriendo por la ciudad para llegar a tiempo al inicio del partido. Un partido que podríamos haber visto tranquilamente en televisión, cómodamente instalados junto a unas papas y una fresca cerveza. Un partido que, encima, no ganamos.

De mi descubrimiento semántico pasé a un segundo pensamiento más inquietante. ¿Para qué íbamos al campo? Llevaba casi treinta años haciéndolo y mi padre muchísimos más, y en ningún momento decidimos un partido, ni fuimos protagonistas relevantes. Todo pasaba según un guión no escrito en el que no se nos permitía poner ni una mala coma. Esta incómoda pregunta me rondó la cabeza durante varios días. Nos gusta el fútbol, somos del Valencia, no hay nada como ver un partido en vivo para sentir de verdad lo que significa este deporte, esa pasión inoculada en la infancia… No me satisfacían esas explicaciones, las veía tópicas y demasiado comunes a toda la gente para ser ciertas.

Ahondé en mi interior, buscando esos rincones oscuros donde duermen las verdades y encendí una hoguera para alumbrarlos. Al principio fue por el verde del campo, los colores de las banderas con la clasificación y la megafonía. Más adelante era el olor de los puros y el humo que impregnaba mi ropa de niño y me hacía sentir mayor. Cuando empecé mi adolescencia era una chica de dos filas más arriba, que me tenía sorbido el seso; la miraba tras cada jugada meritoria de nuestro equipo y una vez le robé una sonrisa. La consideré mía para siempre. Cuando entré en la facultad de matemáticas veía el juego de un modo científico y cada partido no era más que un nuevo experimento, una maravillosa oportunidad de comprobar o refutar mis postulados. Cuando volví de la mili, estaba tan solo que iba para tener gente a mi alrededor, miles de almas que compartían su alegría conmigo y me hacían sentir mejor, aunque muy poco mejor. Nació mi hijo y pasear hasta Mestalla era albergar la ilusión de que algún día él caminara a mi lado, igual que hacía yo con mi padre. Cada partido era un pequeño paso hacia esa clausura del círculo, hacia el momento verdadero en que la vida te pone frente a los ojos lo que eres. Creí haber dado en el clavo; ya casi había decidido pasar página, dar la pregunta por resuelta y disfrutar con los goles de Villa.

Había pasado algo por alto. Mi padre. Y supe por qué iba a Mestalla. Las verdaderas conversaciones importantes las he tenido caminando junto a él rumbo al campo, para ver jugar al Valencia. Mi aprendizaje no acababa los viernes al salir de clase, sino que se extendía misteriosamente hasta los domingos en los que jugaba el Valencia en casa. La relación con mi padre siempre ha tenido al Valencia como eje vertebrador y pasear con él hacia Mestalla se ha convertido en el mayor legado que conservaré cuando la parca se lo lleve. No vemos el fútbol del mismo modo, a él le gustan algunos jugadores que yo detesto, y viceversa. Sigue diciendo que el Valencia tiene que hacer un buen equipo, minimizando los logros de los últimos tiempos. Jugó al fútbol en la playa de la Malvarrosa hasta los sesenta años (no exagero) y algunas de sus ideas sobre qué es fútbol y qué no lo es son genuinas. En estos treinta y cinco años de paseos hasta nuestra localidad, he crecido, me he hecho hombre, he llegado a ser padre y de algún modo me he convertido en alguien muy parecido a él. Una razón poderosa para ir a Mestalla o a cualquier otro campo de fútbol, sea cual sea su equipo.

Francisco García