El niño se llama Rachid. Nos acompaña como lo haría una mascota, sin molestar, con una lealtad que uno ignora cuando se forjó. Entre sus pies y la calle, polvorienta y sucia, se aprecia lo que nadie dudaría en calificar como los restos de unas chanclas de goma, tan ennegrecidas que crean una transición cromática natural entre la tostada piel del chaval y la grisácea presencia de los adoquines. Sus ojos iluminan nuestro camino, tienen una vibración eléctrica, verdadera vida en estado puro, algo que muchos hace décadas que olvidamos que existía. Viste una camiseta del Barça. Poco importa que el escudo no tenga la barra transversal de la cruz de San Jorge y que, de ese modo, el escudo no sea el verdadero. Poco importa que lleve una camiseta con la inscripción publicitaria de la Qatar Foundation, cuando esa camiseta no ha existido aún y, presumiblemente, lo hará la próxima temporada. Son minucias ante la verdadera cuestión a la que nos enfrentamos. Si eres español en Marrakech se te hará una pregunta de forma ineludible: ¿Barça o Madrid? Si dices Barça todo irá bien. Y si dices Madrid…, también. Pero de una forma clara y contundente Marrakech es culé.
Los guías turísticos también ilustran sobre estos asuntos tan sesudos. En Marrakech el 80 por ciento es culé y un pálido 20 por ciento merengón. Esta proporción se invierte en Fez donde predominan los seguidores madridistas. En una suerte de división geopolítica aplicada al fútbol, podríamos afirmar sin temor a equivocarnos que el norte de Marruecos es blanco y el sur azulgrana. El partido de ida de las semifinales de la Champions entre el Real Madrid y el F. C. Barcelona nos pilló en la Ciudad Roja, así que nos dispusimos a corroborar de primera mano todo lo que nos habían ido contando. Los cafés atestados, la ciudad paralizada a la hora de comienzo del partido, imposible acceder a un asiento y gente por todos lados mirando gigantescas pantallas de video en un centro comercial o minúsculos aparatos de televisión agazapados entre estanterías y herramientas de trabajo de herreros, zapateros o carpinteros. El partido era tenso y esa tensión estuvo presente en las calles, Ay, uy, mechachis, boom!!! Pepe a la calle. Como si la meta de Casillas hubiera sido perforada por un obús, la profecía de Cruyff se cumple. Si Pepe juega de medio será expulsado. La expectación crece ante la superioridad numérica y con la llegada de los goles de Messi, la locura se convierte en electricidad. La ciudad está feliz, ríe en la noche ventosa. El Barça ha ganado en el Bernabéu, aún queda la vuelta, pero ¿quién piensa que el Madrid podrá ganar la batalla?
Rachid nos busca el día siguiente, nos acompaña con la misma vestimenta con la que se nos presentó la primera vez. Le decimos que Messi marcó dos goles y la sonrisa le delata. Le damos un cromo de Dani Alves y lo besa. Hemos ganado su fidelidad eterna. El zapatero de Sidi Ghalem muestra su dentadura minimalista mientras sonríe en su mostrador y agita una sandalia a la que le falta la hebilla. Él también está satisfecho. Leemos que la fiesta acabó con algunos altercados entre seguidores del Madrid y del Barça, en cafés atestados de culés donde células madridistas infiltradas se frotaban las manos ante la posible caída del régimen futbolístico azulgrana. La sangre no llegó al río, al menos esa noche. El día siguiente, al mediodía, el Café Argana saltó por los aires. Quince muertos, veinte heridos y el corazón en un puño. Nada tuvo que ver el fútbol esta vez. El día después, la plaza Jamaa El-Fna parecía no haberse dado cuenta de nada. Tatuajes de henna, encantadores de serpientes, aguadores, monos amaestrados, comida buena, bonita y barata y camisetas no oficiales del Barça. La Ciudad Roja es ahora la Ciudad Culé.
Francisco García
Imágenes: Barto Valderrama