Cantemos todos el himno de nuestro equipo
octubre 10, 2011 in Blog de LovingFutbol
El Hermano José Chasco era un franquista convencido. También era una bellísima persona. Nacido en el País Vasco, aunque para él siempre fueran las Vascongadas, era un hermano de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, conocidos como Hermanos de La Salle. Corría el año 1971 y un día faltó a clase el profesor de música, Don Salvador. Como el Hermano Chasco era el prefecto de primaria (un cargo asimilable al jefe de estudios), ocupó el lugar de Don Salvador y decidió enseñarnos algo de música. Mi clase, compuesta por casi cuarenta niños, la mayoría de familias acomodadas, clase media pujante, no era nada del otro mundo. Un hábitat neutro, donde algunos se conocían desde la guardería y otros, como en mi caso, éramos nuevos y por tanto vistos con cierta distancia. Lo que nos caracterizaba era una absoluta falta de crítica y una obediencia ciega a lo que se nos dijera, lo que, visto ahora, era un desprecio mayor que el aprecio o la ofrenda esperada de una rebeldía que en nada nos convenía.
Pero volvamos a aquella tarde de octubre de 1971 y al modo en el que el Hermano José Chasco se subió a la tarima y nos situó por orden de altura en tres filas. Los más altos, donde me situó a mí, al final, los pequeñines delante y en la fila de en medio los que estaban en esa altura que no levanta halago alguno entre la parentela femenina, madres, tías o abuelas. Hecho el silencio, el Hermano José Chasco empezó con una melodía que todos reconocimos al instante, era el himno de España. Tal vez fuéramos incapaces de determinas en qué momento o situación lo habíamos escuchado, pero, voto a brúios, todos lo conocíamos. Lo que no sabíamos era que el himno tenía una letra para ser cantada. El Hermano José Chasco aprovechó esa falta a clase de Don Salvador para enseñar a un puñado de niños un texto que, como pasa con las cosas que suceden en la infancia y primera juventud, nunca podremos olvidar. Cosas de la memoria a largo plazo.
Cuando Luis Aragonés fue fotografiado y televisado cantando el himno de España, la Marcha Real de Carlos III, hicimos un viaje atrás en el tiempo. Un viaje hasta el aula soleada por el suave sol otoñal de 1971. Ese himno carente de letra y cuyo intento de ser completado por José María Pemán, afortunadamente, fue anulado con la llegada de la democracia y la constitución de 1978, no tiene letra, ni falta que le hace. Así como otros himnos llevan adjunto un texto memorable, como en el caso de La Marsellesa o el himno de los Estados Unidos, el nuestro es más chulo. No le hace falta ninguna letra que, de seguro, acabaría fracturando a la afición española, tan cainitas como somos. Los éxitos internacionales de “La Roja” han multiplicado la presencia de nuestros aficionados en los más variopintos escenarios para animar a la selección campeona de Europa y del Mundo. El momento protocolario de la escucha de los himnos suele presentar escenas emocionantes cuando los jugadores se abrazan y vocean a los cuatro vientos la letra de su himno nacional. En cambio, nuestros héroes tienen que estar mudos y cariacontecidos ante la responsabilidad que se les viene encima sin poder dejar salir parte de esa tensión con un himno gritado hacia las gradas. ¿Y qué? Por lo visto no nos ha ido tan mal.
Ha habido debates e intentos de escribir una letra para el himno español. Todo en vano. Qué algo tan representativo de la idiosincrasia de un país tenga que ser modificado por unos éxitos en el terreno de juego es algo que me obliga a reprimir una carcajada. ¡A santo de qué! En una muestra innegable de inteligencia, nuestros aficionados han encontrado la solución, la piedra filosofal de los himnos mudos: el tarareo. Y de esta manera tan simple, el momento de la escucha del himno nacional adquiere unos tinte entre festivo y esperpéntico que nos define de forma mucho más transparente de la que lo haría cualquier letra, por bienintencionada que esta fuera.
Francisco García







