Parafraseando un famoso verso de una canción de Bob Dylan, el título de este artículo debería haber sido: “Algo está pasando en la liga española y usted no sabe lo que es, ¿no es así, Sr. Astiazarán?” José Luis Astiazarán en el presidente de la Liga de Fútbol Profesional (LFP), entidad responsable de las competiciones de primera división, segunda división y segunda división B del fútbol español. En una deriva que se inició hace casi una década, la LFP ha ido tomando las riendas, con la permisividad y en muchos casos, complicidad, de la RFEF (Real Federación Española de Fútbol) del fútbol de elite español, dejando el estado de las cosas en una situación que no merece otro nombre que el de lamentable.
Ya tratamos en un artículo anterior la bipolaridad de la primera división, con dos ligas dentro de ella. La que se disputan F. C. Barcelona y Real Madrid y la que pelean el resto de equipos. Por tanto, centrémonos en otro de los aspectos negativos que la liga española ha conseguido establecer como norma de actuación habitual.
Es frecuente escuchar a los comentaristas deportivos lamentarse por la baja afluencia de público a los estadios. Está claro que en ciertos campos y en enfrentamientos concretos los campos rebosan, pero una temporada es larga y junto a los 19 partidos de liga, se deben sumar los que logre disputar un equipo en la Copa y, si es el caso, al menos los tres enfrentamientos de Champions o Liga Europa que garantizan ingresos millonarios. Si en competiciones como la Premier League o la Bundesliga los campos se llenan sistemáticamente, con dificultades reales para hacerse con una localidad si uno desea acudir a un partido de estas competiciones ¿dónde está el problema?
Alto y claro: el calendario de la competición. Mientras en la liga inglesa, una vez se conoce el sorteo de la competición, uno puede conocer al dedillo la hora a la que se celebrará el partido y la cadena de televisión que lo retransmitirá; en la liga española todo queda reducido a saber que en ese fin de semana habrá un enfrentamiento: un sábado, un domingo o un lunes, y además lo del horario sólo se conoce con unos 10 días de antelación. Es comprensible que, en primer lugar, muchos aficionados se piensen muy mucho hacerse abonados de un club, ya que en ese momento su vida personal quedará supeditada a los caprichos de los programadores televisivos. Por otro lado, el hecho de no saber en qué día y hora exacto se jugará un partido reduce las opciones de planificar la asistencia a ciertos partidos, sobre todo si se juegan en ciudades diferentes a la que se habita. En resumen, los ingresos millonarios de las televisiones condicionan de un modo dramático la posibilidad de ir al campo. Si a eso añadimos que en periodos festivos, como en Navidad, cuando las nuevas generaciones de aficionados podrían ir al campo sin problemas de horario, la competición se suspende, tenemos un panorama muy claro. Los campos no podrán llenarse, pues el verdadero público está al otro lado de la pantalla de un televisor, cómodamente sentado en su butaca o en un ruidoso bar.
La LFP debería saber que está matando el fútbol con muchas de sus decisiones, están convirtiendo el espectáculo del fútbol en un fenómeno virtual que sucede en los hogares y bares y, últimamente, también en la red de redes. Este escenario debería hacer reflexionar a la LFP y por extensión a los clubes que la integran en varias direcciones: reducción de los precios de las entradas, búsqueda de patrocinios que permitan rebajar los costes repercutidos sobre el aficionado e incrementen el consumo dentro del estadio y por último, una racionalización de horarios. Se habla y critica, antes de que haya sucedido, la posibilidad de que se jueguen partidos a mediodía, para favorecer la venta del producto futbolístico español a mercados como el chino o japonés. Francamente, me parece mucho mejor un partido en horario matutino de un domingo a uno que se celebre un lunes a las diez de la noche.
Y para acabar, una mirada a los maestros del show business: los americanos. La política de las ligas americanas, sobre todo la de béisbol y football americano es acercar el estadio al aficionado, con precios económicos y reclamos publicitarios y, una vez dentro, animarle al consumo de todo tipo de productos: comida, productos licenciados, camisetas, gorras, etc… Sí, ese es el camino si se quiere, a la vez que se tiene un bonito espectáculo en las gradas equilibrar los desmesurados presupuestos de la mayoría de los clubes de fútbol españoles.
Francisco García