¿Qué haríamos sin el fútbol?

abril 2, 2012 in Blog de Lovingfutbol

Está comprobado. Un simple deporte como es el fútbol es capaz de transformar la vida de las personas. Con los problemas de todo tipo que encontramos en el día a día, algo tiene el fútbol que es capaz de hacernos olvidar nuestro entorno habitual y enfocar en él toda nuestra energía, y no solo durante los 90 minutos que dura un partido, sino también en la previa y en el post del mismo. Y ello no va parejo solo a determinados extractos sociales. Tengo un amigo culé, abogado y juez de paz, que hablando con el corazón me reconoce su gratitud hacia el Barça por la felicidad que le ha producido en los últimos años. Hay hinchas de otros equipos que seguro vivirán el efecto contrario.

En muchos países el fútbol está inmerso en la cultura nacional y muchos aspectos de la vida giran en torno a él. Se publican diarios y revistas de fútbol y hay programas de radio o canales de televisión que tratan exclusivamente de fútbol. Su magnetismo cambia los estados de ánimo e influye en amplios sectores de la población. La victoria en un gran torneo trae felicidad a la comunidad local o al país. E inversamente, la derrota puede provocar tristeza y aumentar la mortalidad en la población. Y no es exagerar, como lo demuestra el auténtico síndrome de abstinencia de fútbol cuando acaba la temporada.

Hay lugares en que el fútbol casi ha llegado a ser una nueva religión. Mucha gente ha sustituido sus tradicionales lugares de culto asistiendo a los estadios para apoyar a su equipo con fervor. Su devoción incluye venerar a sus héroes futbolísticos, esperar horas para conseguir fotos o autógrafos, o enfrentarse de forma pasional con quien menosprecie a su equipo. En Argentina, incluso existe una religión alrededor del exfutbolista Diego Armando Maradona conocida como “Iglesia Maradoniana”. Dejémoslo ahí.

Además el fútbol llega al extremo de hacer ignorar las habituales malas prácticas de sus dirigentes, que implícitamente son perdonados por la sociedad. Al fútbol se le perdona todo. ¿Por qué sucede esto? Pues porque el fútbol no da soluciones a los problemas, pero sí energía y pasión, y por eso la sociedad se lo agradece de una forma muy generosa. Es un mundo de emociones donde se mezclan la alegría, el odio, la admiración y la tristeza. Para millones de seguidores, este gigantesco espectáculo se ha convertido en una válvula de escape frente a una realidad económica y social que en ocasiones abruma.

Actúe o no como refugio, lo que resulta incontestable es que el deporte rey logra aglutinar a un número cada vez más creciente de ciudadanos, y precisamente en los años de mayor dureza de la crisis, la afluencia no ha dejado de subir. En España, según datos de la Liga de Fútbol Profesional, en las pasadas tres temporadas los estadios de Primera División han ganado medio millón de espectadores. El 16 de abril del año pasado once millones de personas se sentaron frente al televisor para ver el clásico Real Madrid-Barcelona. Y lo mismo está sucediendo con el seguimiento de la Segunda División. Esto se debe sobre todo a que se han incorporado más canales a las retransmisiones, y en un cierto porcentaje a que muchos españoles tienen más tiempo libre forzoso. Sea cual sea la razón de fondo, el empuje resulta incuestionable.

Los estudios sobre este tema demuestran que el fútbol siempre ha sido una válvula de escape ante problemas personales, familiares o de trabajo. Directamente no pone el plato en la mesa a nadie, pero aporta alegría a bastantes hogares que viven momentos difíciles. No solo el fútbol, sino cualquier tipo de manifestación que inste al optimismo se consume muy fácilmente. Las personas buscan acontecimientos que les ayuden a evadirse un tiempo, y ello se ve claramente en los países latinos, donde el fútbol se vive de forma más apasionada. Lugares como Latinoamérica, España o Italia siempre gustaron de diversión.

Otra cuestión es si los principales protagonistas de este fenómeno, los futbolistas, son conscientes de la realidad social que les rodea, o siguen estando por encima del bien y del mal. Veremos qué sucede si la crisis que nos azota continúa alargándose a lo largo del tiempo. Muchos de ellos, acostumbrados a una vida privilegiada, tendrán que aprender a vivir a ras del suelo.

Para nosotros, los atrapados por el fútbol, la crisis y los problemas nos vienen bien, los tenemos como excusa. Como dijo el mítico Bobby Charlton, ¿Y qué haríamos nosotros sin el fútbol, por el amor de Dios?

Sergio Barona